Para el chico de los ojos color océano


Quién se hubiera imaginado que un trayecto hacia el aeropuerto, sentados uno al lado del otro por casualidad se repetiría dos meses después, tan solo intercambiamos posiciones de silla, el trayecto fue desde y no hacia al aeropuerto, esta vez no por casualidad, al contrario con la consciente convicción de que queríamos estar ahí, y precisamente se sentía como estar siguiendo el trayecto correcto en el google maps. Nuestro lugar de encuentro: Ciudad de México, equitativamente posicionado a 4.200km de nuestras casas, como si no pudiéramos ser aún más justicieros? 

Tu primer mensaje lo decretó “No quiero esperar a que el destino nos cruce de nuevo, quiero verte pronto” y esa fue la meta detrás de este viaje, siete días plantando cafés, vinos, mezcales y tus “jugos verdes” (jaja) sobre todo tipo de mesas, declamando con las manos mientras exponíamos nuestros argumentos frente a miles de temas de forma apasionada y los atropellábamos con frases incomprensibles en nuestro Spanglish que aún sigue siendo descifrable únicamente para nosotros.

Fueron siete días donde nos propusimos aprender a hacer un “pretzel”, esa palabra que define muy bien el hecho de estar perfectamente entrelazados soñando despiertos de nuestro futuro incierto, pero que aún cada noche puedo llegar a extrañar tanto. Siete días, donde mi hobby favorito fue arreglar delicadamente tu pelo, aún sabiendo que no lo disfrutabas tanto, siete días esbozando sonrisas, caminando sin rumbo mientras re-aprendíamos el hecho de llegar un sitio sin la ayuda del celular, haciendo las “gratitude walks” o simplemente sintiendo como tus manos calentitas encajaban perfectamente en mis manos frías, como si siempre hubieran pertenecido allí. Siete días de enamorarme más de tu sentido del humor y no saber el argumento detrás, siete días donde escuchar tu español tan cerquita al oido me hacía pensar que sonabas aún más adorable y el hecho de que siempre quisieras tomar fotos para otros te hacía aún más perfecto. Siete días, de nuestro ritual de breath work que aunque incómodo, debo ser honesta y contarte que disfrutaba sentir que podía respirar a tu ritmo, siete días donde tuviste la eterna paciencia de escuchar mi “no, really?” y “I don’t mind”, siete días de besos nuestros, besos mexicanos y abrazos eternos, siete días de cumplir el item más importante de tu lista, el de experimentar. Aunque el poco tiempo de conocernos haga parecer toda experiencia bastante surrealista, creo que fácilmente se me puede volver costumbre el hecho de que hagas parte de mi vida y yo de la tuya. 

Debo admitir que cerré los ojos en múltiples ocasiones, para que el viaje no se me fuera antes de tiempo y las madrugadas frías me bañaron el rostro con la revelación qué después de fijar mi mirada en esos ojos de color de océano, tu metáfora de que somos la misma persona tomó mucho sentido, y así pues, el tiempo perfecto hablo y cuándo habla hay que dejarlo fluir. Como dice Carlos Fuentes: “Las revelaciones llegan así, a invitar sin ser invitadas. No ha pasado un segundo y ya sabe uno que no volverá a caminar igual que antes”. Esa frase define muy bien lo que sentí justo después de que tocaras en la puerta de mi cuarto de hotel, esa fue la verdadera revelación, que hace que el hecho de “tener química” cobré sentido. Pero sobretodo gracias por decirme, que me habías visto antes, gracias por tomar el coraje de tocar esa puerta de hotel, gracias por tener la valentía de enviar ese primer mensaje que haría que esta aventura tuviera un verdadero comienzo, gracias por ser tu siempre y hacerme sentir más yo siempre, escribo esto a 17 días de vernos y raramente siento una confianza enorme que eres tu la persona que describo en mis más profundos pensamientos.

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